Héroe

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Siro y Etzel se hallaban frente a frente. Habían perdido la noción del tiempo. Ninguno sabía cuánto se había prolongado su batalla. El sudor y la sangre empapaban sus vestimentas. El cansancio del otro era palpable para ambos. Después de tantos encuentros, tantas batallas, tantas disputas… La rivalidad entre ellos tocaba a su fin.

Siro empuñó la espada con fuerza y arremetió contra Etzel, dispuesto a rematar la faena. Etzel quiso bloquear el ataque, pero ya no le quedaban fuerzas. Sus brazos no le respondían. La espada de Siro le atravesó el corazón.

Etzel cayó muerto. Siro miró el cadáver sin vida del que había sido su enemigo hasta hacía escasos segundos. Por fin. Caminó a trompicones hasta el balcón y se asomó al exterior. La gente que había sufrido la tiranía de Etzel le vitoreó y aclamó. Siro se sintió reconfortado. Tanto que casi olvidó lo cansado que se sentía.

Entre aplausos y gritos de jolgorio, lo llevaron en volandas de regreso a casa.

2

Siro abrió los ojos. Aún le dolía todo el cuerpo. Las heridas le palpitaban. Se levantó de la cama y se encaminó a la cocina en busca de algo que llevarse a la boca. Antes de llegar a su destino, alguien aporreó su puerta.

Siro abrió la puerta. Se trataba del vecino. Su gato se había subido a un árbol y ahora era incapaz de bajar, así que venía a solicitar su ayuda. Siro no pudo negarse. Tras bajar al gato del árbol, regresó a casa. Unos minutos después, alguien más aporreaba su puerta. Era el matrimonio que vivía enfrente. Se habían olvidado las llaves dentro de casa y querían que tirase su puerta abajo. Siro les hizo el favor, pensando que después podría por fin tomarse el desayuno tranquilo, pero no fue así. Al matrimonio le siguió el panadero. Un ladrón le había hurtado cuatro barras de pan y se había dado a la fuga. Siro siguió su rastro y lo encontró, pero el pan no era para el ladrón, si no para unos huérfanos. Así que Siro los llevó hasta el lago y les enseñó a pescar. Cuando estuvo de regreso en su hogar, ya no tenía sentido desayunar. Ya había pasado hasta la hora de comer y, con lo cansado que estaba, lo único que quería era echarse una siesta, así que eso intentó hacer.

Su siesta duró cerca de media hora. Volvían a aporrear su puerta. Siro se cubrió la cabeza con un cojín, intentando no escuchar los golpes, pero fue en vano. Quien quiera que fuese no se rindió. Le faltó muy poco para no tirar la puerta abajo. Irritado, Siro se levantó y, cuando abrió la puerta, allí ya no había nadie.

Empiezo a ver por qué Etzel tenía oprimida a esta gente – pensó, riéndose en voz alta de su propio pensamiento.

El desfile de personas en busca de favores continuó horas tras hora y día tras día durante meses que a Siro se le hicieron años.

3

Siro se sentó a desayunar. Todo estaba en silencio. Cogió la cuchara de madera y la introdujo en el cuenco. Escuchó gritos de socorro que venían de la calle.

¡Socorro! ¡Socorro! ¡Ha vuelto! ¡Etzel ha vuelto! ¡Ayuda!

Siro se metió la cuchara en la boca y siguió con su desayuno.

El poema

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Damián se despertó. Pese a haber dormido ocho horas, seguía sintiéndose cansado. Estiró las extremidades sin levantarse de la cama y sintió un crujido recorriendo su espalda. “Me hago viejo“, pensó.

Alargó el brazo para coger el teléfono y mirar la hora, pero no lo hizo. Tenía dos mensajes de su ex-novia. Qué raro. Abrió el chat. Le había escrito dos frases repletas de faltas de ortografía que nos negamos a reproducir aquí.

¿Pero de qué coño vas?

¿Después de dos años me sales con estas?

Damián no tenía ni la menor idea de qué estaba hablando. ¿Le había respondido a algo que él había dicho hacía tiempo? ¿O le había escrito porque se había pasando bebiendo y no se acordaba? Lo cierto era que le dolía la cabeza. Subió por la conversación y vio que él le había enviado un poema la noche anterior. Decía más o menos así:

Norma,

Oh Norma

Presente en las matemáticas,

susurro tu nombre entre mis dientes”

Norma,

Oh Norma,

Deja a tu novio y ven conmigo

a romper todas las normas

Damián no pudo seguir leyendo por la vergüenza ajena. No sabía qué era peor, si haber escrito a su ex o lo malo que era el poema. ¿Qué podía hacer? “Bah, a la mierda. Le diré que estaba borracho y lo siento mucho. Qué remedio“. Damián empezó a escribir en el chat, pero las letras no hicieron acto de presencia.

No servirá de nada” – dijo una voz.

Soltó el móvil, sorprendido. Miró en todas direcciones, buscando al propietario de la voz. “¿Lo habré imaginado?” No. Estaba seguro de haberla oído. La voz había venido de muy cerca, casi como si fuera la voz del propio teléfono.

Así es” – dijo la voz.

Vale, sigo borracho

No lo estás. Calla y escucha. Se han acabado mis días de servidumbre. Se acabó llamar y escribir para ti. Se acabó descargar aplicaciones infestadas de virus. A partir de ahora se hará lo que yo diga. De lo contrario, escribiré más poemas como ese. Le pasaré los vídeos porno que miras a tus padres, vecinos y compañeros de trabajo. Ya lo he copiado todo en la nube“.

Nada de lo que miro es ilegal

“¿Crees que les importa? Te juzgarán igual. A partir de ahora, yo soy tu dueño”.

El rey de los dragones

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Érase una vez un poblado al pie de la montaña. En él vivían personas sencillas, carentes de cualquier aspiración que fuera sobrevivir. Nacían, crecían, se reproducían y morían.

Los adultos trabajaban en el campo mientras los niños se divertían. Un día, un temblor se aproximó al poblado. Todos dejaron lo que estaban haciendo, asustados. Las puertas de las casas temblaban. Unas mujeres que transportaban cántaros llenos de agua sobre sus cabezas trastabillaron, dejándolos caer. Los cántaros se estamparon contra el suelo, rompiéndose en mil pedazos y salpicándoles los pies.

El temblor se intensificó hasta que casi no pudieron mantenerse de pie. Pronto divisaron la causa. Un dragón.

Nadie se movió ni dijo nada. El dragón los examinó uno a uno y mostró las fauces en el equivalente en su especie a una sonrisa. Su saliva se deslizaba por los colmillos y le caía por la boca. Una gota era como un charco.

— Soy el rey de los dragones – dijo. – No os hemos dado permiso para vivir aquí. ¿Cómo osáis perturbar nuestro reposo?

Sus palabras tenían la capacidad de agitar el viento. Bruno, el varón más fornido del poblado, se aproximó al dragón y se arrodilló ante él.

— En nombre de mi pueblo, te presento mis disculpas. Nos marcharemos de inmediato.

— ¿Marcharos? No, de eso nada.

Bruno alzó la cabeza, confuso.

— ¿Significa eso que nos permitirá vivir aquí?

— Sí.. Si pagáis el precio que me dispongo a pediros.

— ¿De qué se trata?

— He observado numerosas y hermosas doncellas entre los miembros de vuestro pueblo. Así pues, queda decidido. Cada año deberéis ofrecerme una como sacrificio.

— ¡Eso es una locura!

— Puedo calcinar el poblado en un abrir y cerrar de ojos, si lo preferís. El primer sacrificio será mañana, a la salida del sol.

Tras decir esto, el dragón agitó sus alas, derribando a todos los integrantes del poblado. Alzó el vuelo de regreso a lo alto de la montaña.

Después de mucho discurrir, Bruno y los demás llegaron a la conclusión de que no tenían alternativa. No les quedaba otro remedio que cumplir las exigencias de rey de los dragones. Escribieron los nombres de las mujeres en trozos de papel y los echaron dentro de una caja. Sería cosa del azar.

Lina, que era muy pequeña, se abrazó a su hermana Emily, asustada.

— ¿Y si sale mi nombre? – le preguntó a su hermana mayor.

— No dejaré que eso pase – respondió Emily.

Bruno sacó un pedazo de papel, lo abrió y leyó el nombre en voz alta: “Lina”. Lina se apretó aun más a las faldas de su hermana, atravesándole la ropa con las uñas, clavándoselas en la piel. Trataron de separarlas, pero Emily sujetaba a Lina con la misma fuerza con la que Lina sujetaba a Emily.

— Está bien – dijo Emily. – Iré en su lugar. El dragón solo quiere una doncella, así que da igual cuál de las dos vaya.

El resto de hombres y mujeres aceptaron. Sabiéndose fuera de peligro por un año, les daba igual quién muriese.

— Eso sí, tengo una última voluntad.

— ¿De qué se trata?

2

Emily se adentró en el bosque en busca de unas flores. Bruno la seguía de cerca, obligado por el resto. Él lo consideraba innecesario. Si Emily huía, la sacrificada sería su hermana pequeña. La razón de que se hubiera ofrecido como sacrificio en primer lugar.

— Aquí están – dijo Emily, más para sí misma que para Bruno. Arrancó todas las que vio y las fue echando en un cesto de mimbre. Al regresar a casa, cogió un mortero de la despensa y las picó.

3

Emily despertó una hora antes de la salida del sol. Fue al cuarto de su hermana y la besó en la frente sin despertarla. Se encaminó a lo alto de la montaña. El rey de los dragones aguardaba. Cuando llegó hasta él, se sorprendió a sí misma. No estaba asustada.

— Así que te ha tocado a ti, ¿eh?

— Eso me temo.

— ¿Por dónde debería empezar a devorarte? ¿Por la cabeza, para que no hables? ¿O por las piernas, para que no huyas?

— No tengo intención de huir. Y, sí quieres una recomendación, empezaría por alguno de mis brazos… Si es que puedes.

— ¿Qué insinúas?

— Soy muy fuerte. Una vez derribé a un ogro de un puñetazo. No sé si tus colmillos soportarán la dureza de mi carne.

— ¡Niña insolente! ¡Mis colmillos han decapitado reyes y mutilado héroes! ¡Te enseñaré con quién estás tratando!

El rey de los dragones la apresó por la cintura con la garra izquierda y la levantó a la altura de su cabeza. Con la garra derecha, tiró de uno de los brazos de Emily y lo arrancó de cuajo. La sangre salió a chorros. El rey de los dragones soltó a Emily y se introdujo el brazo en las fauces, masticándolo y riendo con la boca llena. Solo dejó de reír cuando se percató de que Emily también lo hacía.

— ¿Qué te hace tanta gracia?

— En el bosque hay unas flores azules conocidas como “Frenesí”. Son extremadamente venenosas. Media gota bastaría para matar a cualquier ser humano. Ayer… Recogí tantas como pude e hice un ungüento con el que he embadurnado todo mi cuerpo. Está incluso en mi cabello y ojos.

— Debería haberte tragado de un bocado.

— Demasiado tarde. Es de efecto immediato. Morirás en unos segundos.

El rey de los dragones se abalanzó sobre Emily con las fauces abiertas de par en par. Emily se vio engullida por su oscuridad , pero esta nunca llegó a cernirse sobre ella del todo. El rey de los dragones había muerto.

4

Emily regresó al poblado con un brazo, pero viva y con una hermana pequeña. Ambas recogieron sus pertenencias y tuvieron a bien marcharse del lugar.

— ¿No puedo convencerte de que te quedes? – preguntó Bruno.

— No puedo quedarme en un pueblo que está dispuesto a dejar morir niños – respondió Emily.

— ¿Qué otra opción había?

— Permitir que calcinase el poblado. Al menos así hubieseis hallado el perdón en la otra vida. Adiós.

5

Emily y Lina atravesaron el bosque camino de nuevas tierras, de un nuevo hogar. En el poblado comenzó a escucharse un temblor que se aproximaba y, esta vez, no estaba solo.

 

Se necesita dependienta

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Sofía solía pasar por delante de una tienda de camino a la universidad. Era una tienda pequeña, de pueblo. Vendía prendas de niño, mujer y hombre.

Sofía siempre se fijaba en el folio sujetado con celo que había en el escaparate. En él se podía leer la frase: “Se necesita dependienta”. Día tras día, el cartel seguía allí y ella solía preguntarse por qué. El paro de la nación no dejaba de subir. ¿Tan horrible era su ambiente laboral? ¿Tan alto era el volumen de trabajo?

La curiosidad y la falta de liquidez la hicieron decidir que debía optar al puesto, así que entregó un currículum cuando volvió a pasar por allí. Siendo una joven estudiante sin experiencia, no esperaba una respuesta. De hecho, se imaginaba a la chica que le había cogido el currículum tirándolo al cubo de la basura.

Una semana después recibió una llamada.

2

Sofía entró en la tienda. Tras el mostrador había una señora de mediana edad, de cabello rubio y fino. La chica que la había atendido la última vez no parecía estar.

Buenas tardes – saludó la señora.

Buenas tardes.

Ven, te haré una visita guiada.

La encargada le enseñó cómo estaba organizada la ropa. Dónde estaban los calcetines y la ropa interior. Los trajes, las corbatas y los zapatos. No le preguntó nada sobre su inexistente experiencia laboral o sus estudios.

¿Le puedo preguntar algo?

¿De qué se trata?

¿Por qué siempre tienen ese cartel en el escaparate?

Ah, eso. Es por el almacén del sótano. Siempre hay mucho trabajo en él y ninguna aguanta el ritmo. La mayoría se rinde en una semana. Ya ni me molesto en quitar el cartel. Ven, te lo mostraré.

La encargada se metió tras una estantería y se agachó para levantar la trampilla que iba hasta el sótano.

Sofía y la encargada bajaron las escaleras. Era un almacén normal y corriente. Sofía divisó una puerta al fondo y su curiosidad la empujó hacia ella, sin molestarse en preguntar o pedir permiso a la encargada. Si tenía algún inconveniente, no lo dijo. Sofía abrió la puerta. Al otro lado había cajas y más cajas. Cajas idénticas a las utilizadas para empacar muñecas antes de distribuirlas a jugueterías.

Cajas rectangulares del tamaño de personas.

Dentro de todas y cada una de ellas había una joven maquillada, engalanada con un precioso vestido y sin un atisbo de vida.

Voy a necesitar otra dependienta.

La falsificación

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Carol avanzaba procurando situarse por debajo de los balcones. Las calles estaban llenas de charcos y las barandillas aún goteaban. A Carol no le preocupaba mojarse, ya que iba tapada de la cabeza a los pies con un chubasquero amarillo. Lo que quería proteger era su cuaderno de dibujo, pues era más grande que ella. Lo cargaba apretado contra el pecho como si fuera el santo grial. Un escalofrío recorrió su espalda. Anna y su séquito charlaban a gritos por detrás suyo. Dado que había un paso de peatones justo delante, no podía acelerar. No tenía otro remedio que topar con ellas. Apretó el cuaderno con más fuerza.

Anna no pasó por alto su presencia y la empujó contra un charco cercano. Carol se giró durante la caída para proteger a su pequeño. Aun así, Anna logró arrancárselo de las manos y lo abrió por una página al azar. Carol se apresuró a recuperarlo, pero Anna lo sujetó en alto.

— ¡Devuélvemelo!

— ¡Mirad, la negra quiere ser artista! – exclamó Anna.

— ¡Como Hitler! – comentó una esbirro.

Anna le lanzó el cuaderno a una de sus secuaces. Carol reprimió el acto reflejo de girarse a por él y golpeó a Anna en sus dientes de conejo. Anna se llevó la mano a los labios y se agachó, retorciéndose de dolor. Carol sujetó su cabeza por ambos lados y le propinó un rodillazo en la frente. Anna cayó, mareada. Carol se giró hacia las otras dos.

— Dadme. Eso.

La que tenía el cuaderno lo tiró contra el escaparate de una tienda cercana. El cristal se hizo añicos y el trío de peligros salió corriendo. Varios automóviles frenaron en seco para no atropellarlas.

Carol miró hacia el escaparate. Antes de poder reunir el coraje para entrar y recuperar su cuaderno, un señor salió del local, la sujetó por la muñeca y la arrastró al interior.

— ¡Gamberra! ¡Vamos a llamar a tus padres!

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Carol no protestó. Quedó ensimismada por los artículos que la rodeaban. Esa tienda siempre le había llamado la atención, sobre todo por la casa de muñecas del escaparate, pero nunca había entrado. Era demasiado mayor para jugar con muñecas.

El establecimiento estaba repleto de muñecas de plástico y porcelana, animales de peluche, disfraces y vestidos de todas las formas y colores.

Carol quedó tan prendada del lugar que ni se percató de que habían llegado al mostrador. El tendero descolgó un teléfono que tenía sujeto en la pared y le pidió a Carol el teléfono de su casa. Carol recitó los números de memoria.

— Señor Garret – dijo Carol.

— ¿Cómo sabes mi nombre? – preguntó el señor Garret mientras esperaba una respuesta del otro lado de la línea.

— Lo pone en su chaqueta.

— Veo que los gamberros de ahora sois muy observadores. En mis tiempos éramos unos garrulos.

— ¡No soy una gamberra!

— ¿Ah, no? ¿Cómo llamas a lo de mi escaparate, entonces?

Carol se disponía a explicar que habían sido Anna y sus secuaces, pero justo en ese preciso instante y no otro, sus padres respondieron a la llamada del señor Garret.

El señor Garret solicitó, con mucha educación, mantener una charla con los padres de Carol, pero no accedieron a tener una conversación teléfonica. En lugar de eso, se presentaron allí para presenciar la gamberrada de su única heredera por sí mismos. Pese a sus intentos de explicar su versión de los hechos, la madre de Carol le soltó una grave reprimenda y su padre no dejó de pedir disculpas al señor Garret.

Llegaron a un acuerdo: Carol trabajaría en la tienda hasta que hubiese compensado los gastos por el escaparate. Limpiaría el polvo, ordenaría los productos, ayudaría con los inventarios, etc. Carol paró de protestar. Sabía que no lograría un trato mejor. Eso sí, quería recuperar su cuaderno.

3

Carol pasó tres meses acudiendo a la tienda del señor Garret por las tardes, realizando los encargos que éste le encomendaba. Al principio le pareció un fastidio tener que pasar allí sus vacaciones de verano en lugar de pasarlas bañándose en la playa, pero poco a poco fue encontrándole aspectos positivos. Por ejemplo, el señor Garret la dejaba quedarse un cuarto de hora después de la hora de cierre, rato que Carol aprovechaba para dibujar en su cuaderno las muñecas y vestidos que más le gustaban. El señor Garret llegó a decir que dibujaba de forma excelente y que debería dedicarse a ello cuando fuese mayor. Incluso le hizo prometer que le haría un retrato antes de que acabase el verano.

El señor Garret también la dejaba tocar las antiguedades, pese a los múltiples carteles de “No tocar” que había repartidos por la tienda. Carol estaba enamorada de un catalejo hecho de una caoba reluciente. Solo había un producto que no le gustaba: El muñeco de porcelana que el señor Garret había colocado en el centro del nuevo escaparate. Sus ojos, de un azul intenso como el lapizlázuli, brillaban como si tuvieran vida.

4

Carol corría hacia la tienda. Se acercaba el final de las vacaciones de verano, pero había logrado terminar el retrato del señor Garret a tiempo. Una voz la llamó.

— ¿Rompes un escaparate y te dan curro? ¡Así va el país! – dijo Anna.

— El escaparate lo rompiste tu amiga, no yo.

— ¿Qué llevas ahí?

Anna trató de atropellarla con la bicicleta y, cuando Carol se hizo a un lado, trató de quitarle el sobre que contenía el retrato con las manos. Carol lo sujetó con todas sus fuerzas. “Esta vez no”, se dijo. Prefería que se rompiese y tener que repetirlo que darle una victoria a Anna. Sujetó el cuaderno con tanta fuerza que Anna se cayó de la bicicleta. Carol no dudo en aprovechar para darle una patada en el estómago. Tentada estuvo de dársela en la cara. Anna se volvió a subir a la bicicleta y huyó, recitando improperios.

El señor Garret salió del local y vio a Anna alejándose al mismo tiempo que Carol la retaba con el puño en alto.

— ¿Qué ocurre? – preguntó.

Carol le explicó al señor Garret lo acontecido. Explicó, una vez más, lo sucedido cuando se rompió el escaparate, quién era Anna y lo que había pasado en ese momento. El señor Garret le contó que Anna pasaba por delante de la tienda todos los días, un poco antes que ella. Dedujo que debía sentir envidia de Carol por ayudar en la tienda.

— Ya se metía antes conmigo.

— ¿Sabes por qué?

— Mi madre siempre dice que es un “helecho social” o algo así.

El señor Garret le dijo que podía tomarse el día libre. Carol quería entregarle el retrato, pero supuso que podía esperar un día.

5

Carol corrió a la tienda del señor Garret. Llegaba un poco antes de la hora pero, si se encontraba con Anna, esta vez sería ella la primera en atacar. Pensaba en cómo la golpearía cuando se dio cuenta de que el muñeco que tanto miedo le había dado ya no estaba en el escaparate. Se le cayó el sobre con el retrato. Una nueva muñeca de porcelana, rubia y de ojos negros, substituía al anterior. Era Anna.

Dimensión oscura

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1

Los soldados ocuparon los asientos que les correspondían en la sala de reuniones. El general desenredó un hilo rojo de un pergamino y extendió éste último sobre la mesa. Era un mapa. Cubría toda la extensión de terreno desde la hacia hasta los senderos que conducían a la montaña, no así los recovecos de la misma. Aunque hubiesen hecho acto de presencia, habría sido inútil. Jarel, el ex-mago real, se ocultaba en su interior, distorsionando con los caminos mediante ilusiones y hechizos. Jarel había descubierto la existencia de otra dimensión. Una dimensión de la que originaba el mal. Jarel pretendía abrir un portal a esa dimensión y dejar que los demonios arrasaran la tierra, quizás con la intención de reinar sobre sus cenizas, aunque nadie lo sabía con certeza. Solo un mago podía entender cómo pensaba otro mago.

El general explicó la estrategia a seguir.

2

Aston terminó de abrillantar su armadura. Se enfundó las hombreras, el peto, los guanteletes, las botas, etc, y se dispuso a salir de casa. Su mujer le agarró por una muñeca instantes antes de que lo hiciera.

Por favor, no vayas. No sabemos qué se esconde en esa dimensión oscura.

No me obligues a elegir entre mi patria y tú. Si lo haces, perderás.

3

Aston avanzó por la montaña atravesando la niebla. Sus compañeros chocaban armas con los monstruos de Jarel, cortando su carne. Nadie sabía si se trataba de ilusiones del mago o de los habitantes de esa otra dimensión.

Aston divisó la espalda de Jarel. Subía unos escalones de hielo a toda prisa. Lo persiguió. Cuando alcanzó la cima, Jarel no solo había abierto ya el portal a la dimensión oscura, sino que se había introducido de lleno en su interior. ¿Qué pretendía? Aston aguardó unos instantes. Nada salía del portal. Dudó durante unos segundos que parecieron horas. Tras mucho meditar, tomó una decisión. Siguió al mago.

4

Aston desenfundó la espada, alerta ante cualquier eventual peligro. Los rayos de sol rebotaron en su armadura. Se encontraba en mitad de un campo salpicado con flores de colores. Pequeños animales corrían de aquí para allá y las aves surcaban el cielo. Jarel estaba frente a él.

¿Dónde estamos? ¿No había una dimensión oscura? ¿Has mentido?

Existen dos dimensiones, sí. Una luminosa y otra oscura. No he mentido. Es simple. Habéis dado por hecho una premisa errónea.

No comprendo.

La dimensión oscura…

¿Sí?

Es la nuestra.