La bendición

1

Eolo escuchaba la música saliendo a través de su portátil al mismo tiempo que brincaba y saltaba de extremo a extremo del salón. Como vivía en una casa que su difunto abuelo había erigido piedra a piedra con sus propias manos en lo que ahora eran las afueras de la ciudad, podía subir el volumen tanto como quisiera sin necesidad de enfundarse unos auriculares. Gracias a lo cual pudo escuchar el timbre.

Eso era raro. No solo porque era sábado, también porque el vecino más cercano vivía a dos kilómetros. Tampoco recordaba haber comprado nada por internet. Abrió la puerta. Sobre el suelo de la calle había un paquete, pero ni rastro del repartidor. El envoltorio carecía tanto de emisor como de remitente. La oficina de correos y la comisaría quedaban al otro extremo de la ciudad, así que cogió el paquete y regresó al interior. Lo guardaría hasta que tuviera que ir al centro. Usar dos viajes de su tarjeta de transporte público (uno de ida y otro de vuelta) solo para aquel asunto sería un desperdicio.

Dejó el paquete sobre la mesa del comedor y retomó lo que había estado haciendo. Ya había comenzado a contonearse cuando le pareció escuchar algo extraño. Era como si el sonido tuviera eco. Se acercó a su portátil y apagó la música, pero esta siguió. El sonido provenía del interior del paquete. Eolo trató de resistir, pero no pudo. Daba igual. “Siempre puedo volver a empaquetarlo”, pensó en voz alta. Como vivía solo, solía hablar y pensar en voz alta cuando estaba en casa.

La música se detuvo al quitar el embalaje. El contenido era un portátil de color blanco. No blanco como la pintura, sino un blanco como el del chocolate. Estaba apagado y venía sin cargador ni ratón. “¿Me lo habré imaginado?”, se preguntó en voz alta. Apretó el botón de encendido. Ya que había llegado hasta ese punto, más valía recorrer el resto del camino.

El escritorio parecía normal y corriente salvo por un detalle: El icono de la batería restante no aparecía por ninguna parte. Abrió el navegador y puso la música. Su portátil funcionaba bien, pero ese iba fetén. Era ideal. Ideal de la muerte, podría decirse. Eolo bailó. Bailó como no había bailado nunca. Bailó hasta que no pudo seguir bailando por el cansancio. “Ojalá tuviera el disco”, pensó en voz alta.

Un objeto cayó sobre su cabeza, haciéndole un daño moderado. Recogió el objeto del suelo. Se trataba del último álbum del grupo, precintado y todo. Miró en dirección al techo, después al portátil y luego otra vez al techo. Se le erizaron los pelos de la nunca. No podía ser.

 

2

Eolo siguió allí, de pie en medio del salón, durante cinco minutos. Mantenía la mirada clavada en el álbum. Aún no lo podía creer. Respiró hondo, quitó el plástico de la carcasa y sacó el CD. Era un disco oficial. O, al menos, lo parecía. Eolo corrió hasta el armario y sacó un polvoriento reproductor de música. Le pasó un trapo por encima, introdujo el disco y apretó el botón de “Play“. La música sonó. La música sonó y, por algún motivo, no fue hasta entonces que Eolo se asustó, cayendo de culo contra el suelo. “No puede ser, no puede ser”, se repetía en voz alta. “Si fuera cierto… Si fuese cierto, ¿qué?”, se preguntó en voz alta. “Tengo que desear algo más. Para cerciorarme”.

Se incorporó y dijo: “Ojalá tuviera un nuevo sillón”.

Por fortuna, el objeto no impactó contra su cabeza, sino que hizo acto de presencia tras él. Lo examinó pero, una vez más, todo parecía normal. Una idea atravesó su mente como si se tratase de un cuchillo de plástico cortando la tarta de cumpleaños de un niño. ¿Y si solo tenía tres deseos? Porque, en tal caso, ya había malgastado dos. Estuvo a punto de desear que Isla, fu gata fallecida, regresase con los vivos pero se detuvo en el último segundo. Su intuición le decía que eso no podía traer nada bueno.

 

3

Eolo tenía más de tres deseos. De hecho, pasó una semana entera deseando comida, libros, muebles, videojuegos, ropa… Deseó todo lo que un humano pudiera desear. O eso creía. No tardó en percatarse de que, cuanto más tenía, más necesitaba. La comida debía ser preparada por los mejores chefs del mundo, los libros ediciones de lujo, los muebles de gama alta, los videojuegos estrenos y la ropa de marca.

Con el paso de tiempo, ni siquiera eso bastó. No solo por avaricia, también por una imperante necesidad de averiguar cuál era el alcance de los poderes de aquel majestuoso portátil que concedía todos sus caprichos y al que nunca se le agotaba la batería.

“De ahí no puede salir nada bueno”

“De ahí no puede salir nada bueno”

“De ahí no puede salir nada bueno”

“De ahí no puede salir nada bueno”

Repetía su intuición una y otra vez, pero la obligó a callar mediante objetos materiales. Aun así, resucitar a los muertos se le antojaba excesivo. Así que, en su lugar, pensó en Ainara, una amiga con la que había discutido tiempo atrás. Se detuvo frente al portátil y dijo: “Ojalá me reconciliara con Ainara”.

No ocurrió nada. Supuso que incluso los poderes del portátil tenían sus límites. Pasó el resto del día leyendo, jugando a videojuegos y comiendo toda clase de porquerías que luego quemaba en su cinta de correr. Se dedicó a sí mismo hasta que fue la hora de irse a la cama. Se quedó dormido en cuestión de segundos.

Sonó el móvil.

 

4

Eolo despertó e hizo caso omiso del teléfono. ¿Quién necesitaba familia o amigos? Podría tener todo cuando desease con solo pedirlo. “Bueno, casi todo”, pensó en voz alta.

Alguien aporreó la puerta de casa con los nudillos. Un terror paranoico e injustificado se apoderó de su persona. ¿Y si alguien había descubierto su secreto? ¿Cuándo? ¿Cómo? ¿Y si era el auténtico dueño del portátil, que venía a recuperarlo?

“Soy yo” – dijo la voz de Ainara.

Eolo corrió tan rápido hacia la puerta que casi chocó contra la misma. La abrió a toda prisa. Ainara estaba ahí, de pie, mirándolo de hito en hito. Eolo le devolvió la mirada y las lágrimas descendieron por su rostro. No estaba seguro de si lloraba por la pena que había acumulado durante todo este tiempo sin verla o de alegría por verla en la puerta de su casa.

 

5

Eolo era una persona que podía decir que tenía todo cuanto podía desear y más. Él y Ainara nadaban en billetes. Pero seguía sin estar satisfecho.

Toda música sonaba igual.

Todo libro aburría.

Todo videojuego cansaba.

Ninguna comida apetecía.

Ainara le preguntó en qué pensaba. Eolo respondió que estaba aburrido. Que no hallaba satisfacción en nada. Que la monotonía le dominaba. Fue entonces cuando Eolo le preguntó a Ainara qué pensaba. Qué le gustaría hacer. Que propusiera ella un plan. Pero Ainara respondió: “No sé. Lo que tú quieras”.

Unas chispas saltaron en la mente de Eolo. Ainara jamás habría dicho nada semejante. Era dicharachera, hiperactiva y energética. Eolo se enfadó, no con ella sino consigo mismo y le pidió que se marchase a calle. Ainara obedeció sin hacer preguntas, lo que fue al mismo tiempo un alivio y una decepción.

Eolo entró en casa, se encaró al portátil y dijo: “Ojalá todo volviera a ser como antes de encontrarte”. 

 

6

Eolo escuchaba la música saliendo a través de su portátil al mismo tiempo que brincaba y saltaba de extremo a extremo del salón. Cuando terminó, apagó el portátil y lo cerró. Iba de camino a la ducha cuando se percató de que la pantalla de su teléfono móvil estaba iluminada. Tenía una llamada perdida de Ainara. “Qué raro”, pensó en voz alta.

Miró el número durante un minuto.

Apretó el botón de llamada.

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El cineasta – Parte 1

Full y Empty aguardaban en la calle, tiritando debido al viento helado del invierno. Esperaban a que el padre de Arriete fuese a recogerles con el coche.

Habían sido seleccionados para formar parte de una película de bajo presupuesto. La mayoría de las escenas se filmarían en un pequeño pueblo rural alejado de la mano de Dios.

Un Fiat Multipla de color gris se detuvo en mitad de la carretera. Abrieron una  de las puertas traseras y subieron. Arriate iba en el asiento del copiloto, mirándolos de vez en cuando gracias al retrovisor.

  • ¿Qué haces aquí? – preguntó Empty alegre, pues llevaba siglos colado por ella.
  • ¿Te incómoda mi presencia? – replicó Arriate, apartándose un mechón pelirrojo de la frente con un bufido. Lo cierto era que a Empty sí que le incomodaba su presencia, aunque no por las razones que Arriate creía. Empty tenía catorce años y carecía de experiencia en asuntos femeninos.
  • No no, para nada – se apresuró a aclarar Empty.
  • No recuerdo haberte visto durante el castin. ¿Tan olvidable fue tu interpretación? – bromeó Full, tratando de ayudar a su hermano. El padre de Arriate estuvo a punto de reír, pero la mirada asesina de los ojos grises de su hija se lo impidió.
  • No hacía falta que hiciera el castin. Tengo enchufe.
  • Ah, cierto, nos comentaste que el director era amigo tuyo.
  • El director no, el guionista. Que no se te olvide.

Poniéndome a parir – Ejecutar como administrador

¿Pensabais que esta sección iría en orden cronológico? De eso nada. Hoy pondré a parir el que es, para mí, el peor de mis libros.

¿De qué trata?

“Ejecutar como administrador” es una terrorífica (en el mal sentido de la palabra) historia sobre un portátil poseído. Como comento en la introducción de la novela, la inspiración para esta premisa surgió de mi propia ira. Por entonces no me quedaba otro remedio que resistir con un portátil que a duras penas sí funcionaba.

Carecía de batería, por lo que no se encendía si no estaba enchufado a la corriente. Sufría sobrecalentamiento (como yo) y se apagaba solo de forma aleatoria. Se colgaba incluso por pulsar “Inicio”.

Terminé odiando a ese despojo con todo mi ser, hasta un extremo que, visto ahora, era incluso enfermizo. Acabé gritándole, golpeándolo y si mi santa madre no hubiese decidido quedárselo (Dios bendiga su paciencia con semejante abominación surgida del noveno círculo del infierno) ya lo habría destrozado mientras lo grababa en vídeo y lo subía a Youtube (Cosa que haré cuando muera del todo, no te librarás de mí, hijo de la grandísima puta).

Como no tenía dinero para comprar otro, mis opciones se reducían a tirarlo por el balcón o escribir. Opté por escribir y “Ejecutar como administrador” es el resultado.

Lo malo

Todo. No se me ocurre ni una cosa positiva. Ni una sola. Los personajes son de usar y tirar, apenas tienen relación entre sí o desarrollo alguno. Sus historias se conectar pero acaba resultando irrelevante. También escribí mi primera escena con tintes sexuales (La primera que haya publicado, quiero decir, más sobre eso otro día) y no sé en qué estaba pensando. La escena está basada en una perturbadora conversación real.

Lo bueno

Esto… ¿Es corto? Eso cuenta como virtud, ¿no? Supongo que el concepto en sí no es lo más estúpido que se ha escrito, pero desde luego yo no supe cómo sacarle partido. Tampoco es lo peor que he leído, pero se queda muy cerca.

Valoración final

“Ejecutar como administrador” es, sin lugar a dudas, la peor de mis obras. Me avergüenzo de él igual que Stephen King se avergüenza de “Rabia“, su primera novela (Una obra mediocre, aunque desde luego muy superior a la mía).

Hoy día por fin tengo un portátil que, si bien no es de última generación ni mucho menos, funciona. Que es todo cuanto necesito. Un amigo me sugirió la posibilidad de escribir algo como contraparte, pero no sé cómo hacerlo. Supongo que la es más fácil de transmitir que la felicidad. Yo qué sé.

En lo que a mí respecta, “Ejecutar como administrador” está ejecutada. El verdugo la ha decapitado y ha dejado el cuerpo tirado al sol.

Todos estamos solos

Llevo años conviviendo con un monstruo. Carece de forma y no siempre hace acto de presencia. Habrá quien considere esto último un alivio, pero no es mi caso. Su aleatoriedad lo dota de la capacidad de atraparme con la guardia baja. Lo he visto por última vez esta mañana. Me ha mirado con aires de grandeza y ha desaparecido de mi vista sin mediar palabra. ¿Quién sabe dónde estará ahora? Puede que resulte difícil de creer, pero me he acostumbrado a su presencia. Más o menos.

Introduzco la lleva en la puerta de casa y me percato de que, como de costumbre, me tiemblan las manos. Aunque quizás eso se deba a que no puedo ni con mi alma de cansancio. Entro, me pongo ropa cómoda y me dispongo a preparar una cena para dos. Por supuesto, él, ello o eso nunca come en mi presencia, pero cada mañana encuentro un plato vacío salvo por algunos restos de comida y nunca se trata del mío.

Escucho el sonido de un portazo pese a que todas las puertas de casa están perfectamente cerradas. La televisión se enciende por sí sola. Él, ello o eso no me presta atención. Desenchufo la televisión (sé que apagarla con con el mando a distancia no bastaría) y me plantó con él, ello o eso tanto física como metafóricamente. Otro portazo, seguido de un silencio absoluto. ¿Se habrá marchado o estará fingiendo? ¿Habré perdido la cabeza? Me he acostumbrado a vivir con él, ello o eso, así que sí. Por supuesto que sí. Incluso le preparas cena, por el amor de Dios, pienso. La tiro a la papelera de la cocina, muy a mi pesar. Siempre me ha molestado desperdiciar comida.

Me siento en el sofá a oscuras salvo por la luz de una vela que he encendido al llegar. Es nochebuena y no se escucha nada. No oigo a los vecinos festejar ni a amigotes alegres hablar a gritos por la calle.

De repente, me asalta una idea aterradora. Algo me dice que él, ello o eso se ha marchado para siempre. Para no volver.

La vela se consume y lágrimas caen por mi rostro.

Her

Sergio observed the Christmas lights through the windows of the filthy room he was in. The lighting came from a cable that jutted from the ceiling and ended in a pulsating light bulb. The room lacked radiators; the painting from the walls was yellow and the cockroaches were at ease but what did he expect? There was only one week left until Christmas, and he had traveled to the most inhospitable corner of the planet.

He was unable to forget Her.

Her.

With her brown hair.

With her brown eyes.

With her cute freckle-sprinkled face.

With her sparkling smile.

It was incomprehensible. No matter how much time passed, he was unable to forget her completely. She was still there, in the remotest corner of his being, even now. She had left a scar in his heart. Despite the fact Sergio didn’t love her anymore, maybe because of the pass of time, maybe because he knew they wouldn’t see each other never again, he still felt and excessive affection towards her memories.

He came closer to the glass and saw some boys cornering a child against some garbage containers. Sergio sighed. Even if he tried to intervene, his condition prevented him from doing so. In fact, if that hadn’t been the case, he still would have been on the seventy-four floor. By the time he reached the street, the thugs would have left and the kid finished crying.

He sat on the bed.

He looked at the person in the armchair.

He looked at

Her.

Ella

Sergio contemplaba las luces navideñas a través de los cristales de la cochambrosa habitación en la que se hallaba. La iluminación surgía de un cable que sobresalía del techo y terminaba en una palpitante bombilla. Carecía de radiadores, la pintura de los muros estaba amarillenta y las cucarachas campaban a sus anchas pero, ¿qué esperaba? Era lo único que había podido encontrar. Solo quedaba una semana para navidad y había viajado desde su hogar hasta el rincón más inhóspito del planeta.

Era incapaz de olvidarla a Ella.

Ella.

Con su cabello castaño.

Con sus ojos café.

Con su rostro angelical y salpicado de pecas.

Con su rutilante sonrisa.

Resultaba incomprensible. Por mucho tiempo que pasara no lograba olvidarla del todo. Ella seguía ahí, en el rincón más profundo de su ser, incluso ahora. Ella había había dejado una cicatriz en su corazón. Pese a que ya no la amaba, tal vez debido al tiempo transcurrido, tal vez porque sabía que jamás volvería a verle, aún sentía un desmedido afecto por su recuerdo.

Se aproximó más a los cristales y divisó a unos muchachos acorralando a un crío contra los contenedores de basura. Sergio suspiró. Aunque intentase intervenir, su condición lo impedía. De hecho, aunque ése no hubiese sido el caso, aquella era la septuagésima cuarta planta. Para cuando estuviera ahí abajo los matones ya se habrían marchado y el niño terminado de llorar.

Fue hasta la cama y se “sentó”.

Miró a la persona en el sillón.

La miró a

Ella.

 

 

 

 

 

Sucesos extraños y extravagantes – Suceso número 3

Me alegro mucho de haber cambiado en el último momento el nombre de esta sección, pues los acontecimientos que relataré a continuación poco o nada tienen que ver con el mundo laboral.

Hace unos días, un compañero de clase estaba lo que se dice de bajón porque una muchacha le había dado calabazas. Eso me recordó algo que me pasó hará cosa de dos veranos.

Topé, por pura casualidad, con una imprenta. Por entonces estaba contemplando diferentes tipos de encuadernación para mis libros, así que decidí entrar y preguntar.

Me quedé prendado de la dependienta: Una chica de mi edad, morena, de cabello largo y ojos café. Pregunté por las encuadernaciones pero no la invité a salir todavía. Acababa de regresar de Barcelona bajo un sol abrasador y estaba cansado, despeinado y, sobre todo, sudado. Lo que se dice hecho un asco, vaya.

Así pues, decidí volver pasados unos días. Me arreglé lo mejor que pude y acudí al local que, por suerte para mí, no me quedaba demasiado lejos. Sin embargo, al entrar, no vislumbré a la muchacha por ningún lado. Tras el mostrador había una señora de unos cincuenta años que, a juzgar por el parecido, debía ser su madre. Resultó que se trataba de un negocio familiar.

Tras hacer unas compras irrelevantes (lápices y una pequeña libreta, si la memoria no me falla), me marché, esperando tener más suerte la próxima vez.

Desconozco cuánto tiempo transcurrió hasta que pasé por delante otra vez. Una semana, quizás. A la tercera no fue la vencida. No las encontré ni a ella ni a su madre. Esta vez hicieron acto de presencia su padre y, supongo yo, su hermano. Pero no iba a darme por vencido tan rápido. Esa joven me provocó lo que muchos tildarían de “amor a primera vista” aunque no creo demasiado en dicho concepto. Cuarto intento, pues. Ya había probado suerte en tres ocasiones. ¿Qué más daba una más? Ay de mí.

En mi siguiente visita no topé ni con ella ni con su madre. Tampoco con su padre o hermano. No. Esa vez le tocó a un señor que, por su edad, bien podía ser uno de sus abuelos. Como esta vez había otros clientes opté por, simple y llanamente, irme de allí. ¿Qué probabilidades había? Empezaba a creer que tal vez lo había soñado. Presenciado un espejismo. Acabado en otra dimensión.

Para bien o para mal, soy más terco que una mula, así que en ese momento tomé una decisión: “Un intento más y si no doy con ella, a tomar por el culo” – fueron mis pensamientos exactos. Eso lo recuerdo bien.

Dicho y hecho. Último intento. La encontré. Me gustaría decir que desde aquel día empezamos a salir, que todo fue romántico y maravillosamente cursi y todas esas cosas que solo ocurren en comedias románticas de dudosa calidad, pero no puedo.

En primer lugar, tuve que superar un último escollo. Como había clientes delante de mí, me puse a cotillear materiales de dibujo cuando, sin previo aviso, un diminuto perro de pelaje rizado y claro surgió de detrás del mostrador y vino corriendo hacia mí, la persona que tenía más cerca. Como la muchacha estaba atendiendo a un señor, no se dio cuenta a tiempo y, para cuando quiso sujetarlo por la correa, ya era demasiado tarde. El perro, más pequeño incluso que mi gata, se quedó a mi lado con la lengua fuera, así que lo acaricié y jugué con él, haciendo que me diera la pata, etc; mientras no dejaba de pensar en lo absurdo que resultaba la situación. No sabía ni su nombre y ya conocía a toda la familia, mascota incluida.

Esperé a que hubiese atendido al resto de clientes y la invité a salir. Igual que mi compañero, fui rechazado, pero si he de ser sincero, eso poco importaba ya. Lo que me importaba era el acto de invitarla en sí. Por orgullo. Para demostrarle a mi suerte que soy más cabezota de lo que ella será jamás.

Estuvimos charlando durante un buen rato, averigüe su nombre (que no diré, no quiero tentar a la suerte) y salí del local, rechazado pero contento.